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_Ganarás el pan con el sudor de tu frente- le dijo Él a Adán mientras el cielo se oscurecía y un rayo ominoso taladraba la tierra.

-Y en cuanto a ti- rugió con voz potente, mientras señalaba a la mujer con Su Dedo- parirás con dolor.

-Bueno- contestó Eva.

Estaba por largarse a llover, hacía frío y habían salido así nomás, con una hojita de parra y sin paraguas. Adán dijo:

-Busquemos refugio. Cuando veníamos para acá me pareció ver un árbol.

Pero ella dijo que no, que de ninguna manera.

-Si he de sufrir, nada de medias tintas- agregó-. Pariré con dolor, lo que sea que eso signifique, pero además pasaré hambre y sentiré frío.

-Hacé lo que quieras- dijo Adán, y hubiera dicho "má sí", pero todavía no se había inventado el maltrato.

Por eso fue tan sorprendente cuando Eva, aterida y empapada, se largó a llorar y replicó:

-No me trates mal.

Adán puso cara de no entender nada, preguntó:

-¿Y yo qué hice?

-Nada. No hiciste nada.

-Por favor, no llores -Adán se acercó amoroso e intentó abrazarla. La espalda de Eva se agitaba convulsa por el llanto.

-¡Ay! -se quejó ella-. ¿No ves que me duele?

-¿Qué te duele?- quiso saber él, cada vez más desorientado.
-Nada. Dejá. No entendés nada.

Sr. Adán y Familia/ Escenas del Paraíso."

(Liliana Escliar, La máquina de sufrir, Edit. Sudamericana)